dimarts, de febrer 24, 2009

LA RUTA DEL BAKALAO

"¡JU-JÁ! ¡Heeeee-hua! Chiquichiquititamtamtamquetapatapatampampamquetumbamquetén": este era, más o menos, el mantra trabalenguas que, a ritmo acelerado y empastillado, recitaba Chimo Bayo en su himno bakala. ¿Esta sí o extasí(s)? ¿Apología del sexo o de la droga? Un poco de todo. Pero el caso es que, casi sin querer, resumía muy bien lo que era la Ruta del Bakalao o Ruta Destroy, el mayor movimiento discotequero (o, si quieren, "de clubbing") que ha existido jamás en España.
 
La Ruta dio lugar a toda una filosofía de salir de marcha, en la que se mezclaban drogas, coches, chicas y macarreo, todo en cantidades industriales y a lo bestia. Esta es su historia resumida:
 

 

 

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La Ruta Destroy nació y se desarrolló en Valencia y consistía en agarrar un coche (o "buga"), varios colegas y un montón de droja y desplazarse (más ciegos que Rompetechos) a toda hostia de discoteca en discoteca, durante todo el fin de semana. Las discos tenían nombres extremadamente macarras, que ya forman parte de la historia de la noche universal: Espiral, Barraca, Chocolate, ACTV, Don Julio y un largo etcétera. La Ruta duró toda la década de los 80 y la primera mitad de los 90, hasta que se la cargaron los medios de comunicación, la policía y la masificación.


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La Ruta empezó hacia 1982 como algo minoritario y underground, en la discoteca Barraca, en la que se pinchaba música que entonces era más o menos alternativa, como The Smiths, Sigue Sigue Sputnik, Depeche Mode, Front 242 o Stray Cats. La gente lo flipaba mucho en la pista, porque tomaban una droga llamada "mescalina valenciana", que, más que mescalina, era una mezcla explosiva entre éxtasis y LSD con algo de anfeta. La muchachada, en su mayoría valenciana (que se caracteriza por su carácter juerguista y efervescente) se ponía hasta el culo, se disfrazaba, montaba en los caballitos de tío-vivo y, en general, lo pasaba pipa. 
 



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Poco después nació Chocolate, otra disco, y la gente empezó a acostumbrarse a ir de una a otra para bailar hasta el amanecer. El pincha de Chocolate se llamaba Toni el Gitano y ponía musicón siniestro. Con los años, el sonido de las pistas valencianas fue evolucionando hacia la electrónica y el bakalao.  




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En 1984 se abrió otra disco, llamada Spook Factory y la cosa empezó a disparatarse. Los que la vivieron dicen que fue la discoteca más divertida que jamás existió, donde ya sólo se pinchaba techno y se vivía un ambiente más psicodélico gracias a las toneladas de droga que circulaban por allí y a las ganas de marcha que había. Spook abría viernes y sábados, de la mañana a la noche, dando forma a la Ruta. Se decía que entonces se pasaba mucho mejor en Valencia que en Barcelona o Madrid (y esto en plena Movida).


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En 1985, surgió la discoteca Arsenal, donde el DJ era Chimo Bayo, cuyas sesiones eran espectaculares, aderezadas con rapeos y canciones y bailoteos y gritos suyos que animaban a la gente joven y drogada.

Ese mismo año se bautizó a la música de la Ruta Destroy con el nombre de "música bakalao" en una tienda de discos valenciana llamada Zic-Zac, donde se encontraban los DJs para comprar discos con los que hacer bailar a sus parroquianos. El nombre procede del amigo de un DJ que, cada vez que sonaba una canción que le gustaba chillaba: "¡Ché esto es bakalao de Bilbao!", aunque también se refiere a la forma de bailar de los bakalas, así como con espasmos, imitando un poco los movimientos de un bakalao fuera del agua. El bakalao era un estilo en el que cabía todo tipo de música electrónica: desde techno a EBM, pasando por acid, new beat o house. Los grandes rompepistas bakalas fueron Megabeat, Boa Club, KRB o Chimo Bayo, aunque los DJs mezclaban de todo, a todo volumen y cuanto más rápido mejor, jugando con los subidones y bajones de la música para manejar a los bakalas empastillados como si fueran marionetas.


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En 1986 llegó Puzzle, que se convirtió en la cuarta disco que configuró la Ruta Destroy original. Así, poco a poco, la Ruta fue evolucionando y desmadrándose: las discotecas, en principio, cerraban  en torno a las 6. Pero como tanto la gente como los DJs seguían teniendo "ganas de fiesta" (frase que nació en la Ruta), las sesiones empezaron a extenderse hasta las 8, 9 y 10 de la madrugada. Y luego hasta las 13 o 14 de la tarde. Cuando se cambió la mescalina por el speed (droga 100% anfetamínica que te quita el sueño durante días) las fiestas siguieron extendiéndose más y más. El weekend parecía no tener fin, en un ir y venir entre disco y disco. La gente estaba tan acelerada y marchosa que los pinchadiscos empezaron a acelerar los discos para que el baile fuera más frenético. "Vivir sin dormir" era el lema de los ruteros, que pasaban el viernes, el sábado, el domingo e incluso parte del lunes sin pegar ojo, bebiendo, bailando y sin parar de reír.


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En 1987 nació la disco Espiral, donde sonaba electrónica oscura de grupos como Propaganda. Aunque estaba un poco alejada de las otras, la gente iba igual, debido al desfase que allí se vivía: los baños eran mixtos, y tíos y tías se metían rayas juntos allí o se daban el lote o intercambiaban sexo oral o genital. También se drogaban en la pista, sin cortarse un pelo. El propio DJ se metía lonchas de coca y speed en forma de espiral encima de los discos mientras estos giraban a 45 revoluciones por minuto. En fin, una marcha sin límites como nunca la había habido en ningún lugar del mundo.


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En 1988 la Ruta ya estaba completamente establecida. Su enloquecida procesión seguía este orden: se empezaba por Barraca, donde se iba por la tarde-noche, luego a las 5 de la mañana se iba a Spook o a Chocolate; a las 10, ya con el sol brillando, todos a Puzzle hasta el mediodía. Luego a casa del camello a darse una ducha y a coger más provisiones de droga y, a eso de las cinco de la tarde, otra vez a Barraca, donde se permanecía de juerga hasta el mediodía del lunes. Por supuesto, el martes el bajón y el resacón eran de órdago, así que había que descansar miércoles y jueves para estar nuevo el viernes y volver a la Ruta, en un círculo vicioso vertiginoso e imparable. Así se fraguó la figura del bakala a tiempo completo, un ser que vivía por y para la juerga.


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Pero esto no fue el fin, ni mucho menos: la Ruta no había hecho más que empezar. La llegada, en 1989, de ACTV provocó otra revolución. Aunque primero era una disco de fin de semana, se convirtió en la más extrema, en el after-after, pues la gente empezó a frecuentarla los domingos por la noche, ya medio zombies, sólo en pie gracias al polvo blanco. Multitudes permanecían de marcha en ACTV hasta el lunes por la noche, non-stop, bebiendo, drogándose, follando y bailando techno como locos. Todo estaba permitido. Allí pinchaba Manolo el Pirata, un gitanillo que creó el tema "Bomb the bass" y puso la mejor música de Valencia, con las mezclas más punkis y macarras. Lástima que se metiera a vender speed para sacar más pasta. Las drogas fueron su perdición y acabaría asesinado en un ajuste de cuentas entre camellos.


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Sin embargo, un acontecimiento cambiaría para siempre el sentido de la Ruta Destroy: la llegada de las "pastis", unas galletitas marrones que aterrizaron en Valencia desde los Países Bajos y empezaron a mezclarse con el speed. También llegó, de las fiestas ilegales inglesas, el "acid house", un género musical más sincopado y burbujeante que iba mejor con la nueva droga; también se pinchaban grupos pseudoespirituales que, como Enigma o Misterios Art, mezclaban cantos religiosos con música dance. La gran diferencia entre Inglaterra y Valencia es que en la Ruta todo era legal y apenas había intervenciones policiales. La brutal marcha que allí se vivía empezó a atraer a gente de Barcelona y Madrid, que agarraban el coche y la droga y ponían rumbo a Valencia, para disfrutar de un jolgorio y de una libertad que no existía ni en las grandes capitales europeas.
 
 



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En 1990 la Ruta tocó techo: decididamente, era imposible concebir una "marcha" más larga y extrema para el cuerpo humano. Entonces, los llamados "bakalas" empezaron a concentrarse en los parkings de las discos para drogarse, follar o ver amanecer ciegos perdidos de pastis y buenri. Esto se puso de moda gracias a la apertura de MOD o Don Julio, una disco dotada de un gigantesco aparcamiento. En invierno, la gente hacía hogueras entre los coches y no era raro ver a 7 u 8 bakalas embutidos en un Ford Fiesta tuneado metiéndose rayas de speed más largas que las de la carretera. Llegó un momento en que la fiebre del parking subió tanto que la gente pasaba de entrar en la disco y se tiraba un día entero de marcha entre los coches, con la música sonando a toda pastilla (nunca mejor dicho).  



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En el mismo año 90 también apareció otra disco bastante curiosa: se llamaba Villa Adelina, estaba cerca de Barraca y era un chalet con un patio lleno de naranjos. Más valenciano, imposible. Tenía también un gran parking, así que fue un éxito.

En 1991, la marcha no decayó: cada vez más, se pinchaban "canciones" de bakalao valenciano, muchas de las cuales estaban creadas por los propios DJs. Era como el punk, pero en cyber. Música electrónica y macarra concebida para escuchar ciego. Si no estabas drogado, sólo oirías un chunda-chunda insoportable; pero si te metías cuatro pastis y un par de tiros de speed, lo flipabas, moviéndote como un robot demente al son de los vertiginosos y machacones ritmos. Si estabas ciego, aquello te podía parecer el paraíso, un cielo lleno de conejos calientes y sonidos celestiales; si estabas sobrio, te parecería, sin duda, el mismísimo infierno: una pesadilla plagada de macarras desencajados, chachas chillonas y música horrísona.
 
Por supuesto, la mayoría de la gente estaba con un colocón de infarto, así que se sentían en el cielo y no podían dejar de bailar: de hecho, la Ruta tiene el record mundial de la sesión más larga jamás vivida en Europa: 48 horas sin parar de pinchar y bailar, que se vivieron en la discoteca Barraca. Casi nada: 48 horas moviéndose sin parar al ritmo de esta música. La frase "Bailar hasta morir" cantada en los 80 por Tino Casal, se hacía realidad.
 



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En 1992, la Ruta es ya tan famosa que incluso hay bakalas de toda Europa que peregrinan desde sus respectivos países para venir de marcha a Valencia. Las carreteras Barcelona-Valencia y Madrid-Valencia se llenan de coches macarras con bakalao a toda hostia: son los peregrinos que van de marcha a la ciudad de moda. Empiezan las caravanas, los accidentes y las noticias del Telediario que dicen que los bakalas drogados ven dos carreteras en vez de una y así se la pegan contra otros coches. La Ruta empieza a tener mala fama y se la critica desde la tele. La policía acecha las carreteras y las discos y la ruta comienza a morir de éxito. Lentamente.

En 1993, el suicidio en directo por la radio del exDj de Espiral (presa del bajón) marca el principio del fin. Pero la fiesta seguía, sobrepasando ya todos los límites: miles de personas de toda España y parte de Europa abarrotaban las discos y parkings de la Ruta Destroy. Se consumía una cantidad de droga disparatada y los jamacucos en las pistas, las peleas en los parkings, las detenciones y los hostiones en la carretera eran ya el pan nuestro de cada día.
 
La figura del bakala se caricaturiza, se convierte en sinónimo de infraser, de choni, de "basura blanca" con encefalograma plano. Y no sin razón.  


En 1994, la Ruta del Bakalao (como ya la llamaban, escandalizados, los presentadores de televisión y Javier Corcuera, tal vez el ministro del Interior más autoritario de la historia de la democracia; sí, era del PSOE) era un hervidero de policías. De hecho, si contamos los de uniforme y los de paisano, casi había más maderos que bakalas. La gente empezó a dejar de salir de marcha a Valencia porque sabían que acabarían con sus huesos en el calabozo. Las discotecas se vaciaban, en los parkings ya era muy fácil aparcar, cuando antes era misión imposible… Poco a poco, las discos fueron cerrando, abrieron otras más nuevas y "lights" y la llama de la marcha se apagó o, más bien, se domesticó: la gente siguió saliendo, pero con más moderación, con miedo. Y muchos bakalas perdieron el encanto que tenían y se transformaron en zombies de trasnochada pseudoideología neonazi que sólo pensaban en comer muchas rulas y darse de hostias con todo aquel que mirara a su piba. Hoy, todo es una triste sombra de lo que fue y, por eso, muchos bakalas prefieren pasar de las discos y celebrar los fiestones de pastis y bakalao en sus propias casas.
 
 



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En 1995, la Ruta estaba completamente erradicada, con las discos más legendarias cerradas o reformadas y los bakalas currando de mecánicos, fruteros o chaperos, llenos de nostalgia : "bua, tronco, Barraca en el 88, aquello sí que era la hostia". Ahora, la gente los veía como colgados, como basura blanca de neuronas quemadas que ya no servía para nada. Con las meninges quemadas y sin capacidad ni para hacer la O con un canuto, muchos de estos bakalas se empezaron a dedicar a la prostitución masculina. De aquí surgió un nuevo fetichismo homosexual que acabó dando lugar a una nueva subtribu urbana que aún está en pleno apogeo: el bakala gay, que del bakala original sólo tomaba lo más superficial (la estética y el gusto musical) siendo en lo demás un marica normal y corriente.

Eso sí, para bien o para mal (ahí no entro), fue la Ruta y no la pedante "cultura de clubs" la que enseñó a la inmensa mayoría de los españoles a divertirse por la noche, a "salir de marcha", a ir de rave y a bailar al ritmo de sonidos electrónicos. 

Pero, eso sí, ahora todo muy descafeinado, limitado, sin el espíritu "destroy" que caracterizó a aquellos años locos. Ahora sólo queda el recuerdo, un puñado de discos, unas pastis que ya no suben, un ejército de muertos vivientes y un par de cortometrajes de Diego Abad que hablan, en tono bizarro, de lo que fue de aquellos bakalas: la mayoría, son zombies que dejaron su esencia vital en algún lugar entre Barraca y Don Julio.


Vía el correo y maquetado por un compañero.
Si alguien sabe de quien es el texto, lo indicaré gustosamente aquí.